Eran dos, una al lado de otra, eran dos. Imponentes, desafiantes, feas, opresoras y apabullantes, pero eran dos. Y de los acontecimientos históricos que la mayoría hemos vivido, como la conquista de la democracia en España, el fin de las dictaduras en el Cono Sur, la caída del Muro de Berlín, la catástrofe de Chernobil, la matanza de Tiananmen o la revolución cotidiana que nos ha supuesto Internet, sin duda de mayor relevancia y mucha más trascendencia en nuestras vidas, este episodio raudo de impacto y derribo de las torres, esa experiencia de muerte colectiva que se desplegó brutal ante nuestros ojos, la sensación de parusía o fin de los tiempos que sentimos, esa necesidad de rodearnos de nuestros seres queridos, el ordenamiento inmediato que realizamos en corazones y mente de lo que era importante y lo que no, fue lo que más sobrecogió... entre otras razones, me parece, porque cayeron las dos. Hace ya algunas décadas, venimos asistiendo a grandes cambios en la concepción tradicional que teníamos de la Historia, asunto que se aborda con pasión en los planes de estudio de las Facultades, distinguiendo entre historia (relación de hechos pasados) e historiografía (interpretación de la misma), dando relevancia o protagonismo a facetas hasta ahora oscuras o incluso ignotas (historia de la vida cotidiana, de la mujer, de la moda, de las mentalidades, historia regional o local, de las costumbres, creencias, símbolos, miedos y temores), y otorgando por fin el papel protagonista que merece en ella a seres humanos desconocidos, aunque con nombres y apellidos, que hasta la fecha sólo habían servido de decorado y tramoya frente a las grandes hazañas de los poderosos. Cambios de carácter marcadamente europeo, con la batuta compuesta a medias por esos estudios magníficos que realizaron, a mediados del siglo XX, tanto las grandes figuras de la Escuela de Annales (Francia), como los no menos brillantes historiadores marxistas -no necesariamente comunistas- del ámbito anglosajón. Un destacado heredero de todos ellos es actualmente Antony Beevor, ese autor que enfoca su interés hacia la Segunda Guerra Mundial y aledaños, y que nos la está narrando por etapas, con notable rigor y brillantez teniendo en cuenta todos estos cambios que he citado, y consiguiendo así un cuadro mucho más rico, más completo, más humano y cercano de esa tragedia que acabó con la vida de 50 millones de personas (ahí es nada), 35 millones de heridos, 3 millones de desaparecidos e incontables desplazados, seres desgarrados para siempre. Pero, aunque en términos meramente estadísticos los tres mil fallecidos sin cuerpo durante el derrumbe de las Torres, apenas suponen algo en ese monumento histórico que nuestra especie erige, y cada poco, al horror y a la infamia, sí perdura el dolor en los vivos por la pérdida del símbolo dual y de esa seguridad, infantil y ciega, que obteníamos con la idea de que el progreso material nos había conducido, en el mundo occidental, a la parálisis de la historia. Hoy en día, octubre de 2009, son legión e inabarcables las publicaciones a la estela del 11 de septiembre, buscando claves y respuestas en decadencias y debilidades occidentales o tratando de explicar el integrismo islámico. Tantas casi como la historiografía que ha generado, y sigue produciendo, la Revolución Francesa. Pero, para entender ese sobrecogimiento, volverlo a sentir, yo destacaría las ediciones más inmediatas. Primero, el reportaje periodístico: “11 de septiembre. Un testimonio” (Reuters), en la que figuran recogidas las instantáneas más emotivas y chocantes del día; después, la visión del siempre brillante Don DeLillo “En las ruinas de nuestro futuro” (Circe). Y, como curiosidad, el estudio de Javier Valenzuela titulado “España en el punto de mira. La amenaza del integrismo islámico” (Temas de hoy, 2002), anticipando así y tan pronto, lo que dos años más tarde sería desgraciado motivo aquí de dolor y controversias, aún no del todo resueltas. Pero acaso, ¿esa seguridad y confianza que el Nuevo mundo y su progreso material nos proporcionaban estaban justificadas? Pues cuando ocurrieron los hechos Ben Laden ya era, de por sí, el enemigo público número uno de los Estados Unidos y se conocían de sobra los poderes de su formidable red terrorista y su larga carrera en escalada. Repasemos: en 1993 se produce el primer atentado con bombas contra las Torres protagonizada por un mulah islámico y tres años más tarde Ben Laden, como Aníbal a los romanos, aparece por vez primera para realizar una fulminante declaración de guerra a los Estados Unidos que se vería materializada en 1998, con más de doscientos muertos en los atentados a las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania. Y un año antes, como sabemos, llevó a cabo otra salvajada, no menos espectacular, contra el destructor norteamericano de última generación J.J. Cole en aguas del Yemen. Por lo que, mucho antes de septiembre de 2001, ya constituía motivo de estudio y preocupación, eso que definimos como integrismo islámico. Y yo misma, en mayo de 2001, durante los estudios de doctorado en la modestísima universidad de Cádiz, recibí un curso completo sobre el tema con Ben Laden de protagonista durante una semana, y aunque no me cogió tan por sorpresa el suceso, no fue menor mi estremecimiento por la pérdida del símbolo y de tantas vidas humanas, ni pequeño mi asombro ante las lecciones de salvajismo y crueldad, pero también de generosidad y valentía, que recibimos todos aquel día. Pienso ahora que, aunque el pasado sea difícil de asumir, es benévolo porque es pasado, ya no existe. Mucho más terrorífico nos resulta el futuro que tampoco existe, pero en el que depositamos esas esperanzas de felicidad que pueden verse cumplidas o truncadas. Mientras llega y a su espera, subsistimos con costumbres, distracciones y autorregalos de pequeños placeres que nos hacen más grata la vida. O nos agarramos a otros símbolos que la Historia y el pasado nos han dejado como dádivas para el presente. Así hoy, metida en la casapuerta del rosado edificio donde Manuel de Falla aprendió a tocar el piano, observo salir del Museo Arqueológico de al lado a un grupo de turistas nacionales satisfechos. Y me contagian su alegría y emoción al saber que acaban de ver nuestro monumento al amor eterno: un par de hermosos sarcófagos fenicios, únicos en el mundo y datados en el siglo IV antes de Cristo, de cuando Alejandro el Grande conquistó la India. Los dos componen un símbolo de dos y otorga verdadera paz contemplarlos tan arcaicos, bellos y sonrientes, con esa serenidad etrusca paradójicamente alegre a la hora de afrontar la muerte. Y, la verdad... es que ni loca se me ocurriría revelarles que el hombre y la mujer felices que representan jamás llegaron a conocerse, que ella fue ochenta años más vieja, que los desenterramos en lugares muy distintos y en siglos diferentes, que sólo llevan juntos veinte años, que el amor puede ser benéfico pero no todopoderoso y que nada es eterno. Todo eso. Aunque sí les contaría, y encantada, la mágica y verdadera historia de que el arqueólogo de ella, luego de estudiarlo a él, la estuvo husmeando con ansia y ahínco en cada solar, derribo y excavación que se llevó a cabo en esta trimilenaria isla. Y que al morir éste y acabar así su afanosa búsqueda frustrada, la hallamos enterrada justo bajo su dormitorio, en el mismo lugar donde soñó con encontrarla por las noches. Porque a veces, aunque tarde, se hacen realidad los sueños más felices y hasta logran perdurar los símbolos que un día erigimos. Las torres gemelas ya no están, pero estos dos sarcófagos sí que permanecen con nosotros y aunque más modesto, o menos conocido, su símbolo dual de seguridad, tan efectivo como el de las Torres, todos podemos hoy ir a contemplarlo. Porque son dos. Están juntos. Y, al verlos, sentimos el mundo en orden.
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