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por Ángeles Prieto - 04-11-09 00:31 - 2 comentarios

El otro motor de la historia

Internet en pañales

    Si por las mujeres fuera, no habríamos salido nunca de las cuevas, proclamó Cicerón, seguramente al finalizar uno de esos días en los que degustó a fondo las mieles del matrimonio. Pero las hubiéramos mantenido muy limpias y adornado con cortinitas rosas, objetaría yo, para que de este modo no se nos niegue, al menos, nuestra contribución higiénica, amable y estética a la varonil existencia. En fin...
    
     Ironías aparte, corregiría al mismísimo Cicerón pues hombres y mujeres, impulsados por ese fatídico destino que nos condena a convertirnos infaliblemente en huesos y polvo, y carpe diem, nunca permanecemos hieráticos, estáticos o inconmovibles, encerrados en cuevas, mucho tiempo.
    
    No somos dioses, tampoco estamos atrapados acaso en esa foto fija que nos hacen un día concreto, cuando fuimos tan desdichados, o tan felices, o simulábamos serlo. Aun más, pasamos de personas a personajes con facilidad suma, basta con morir y ser recordado, o sin necesidad de fallecer, tan sólo si tenemos la desgracia de toparnos con un escritor o intérprete que capte parte de nuestra imagen o esencia y se decida a transmitirla empuñando su pluma.
    
    Porque la mirada, la atención, el cariño o el odio de otros animales sociales o zoom politikon, que diría Aristóteles, paradójicamente nos da también vida. A veces no deseada, pero vida. Existencia nuestra que solemos determinar con tiempo lineal de calendario, pero que también podemos medir en intensidad, por esos años que transcurren plácidos sin que logremos guardar de ellos ningún recuerdo memorable y por esas horas raudas en las que todo pasa gracias a los espejos de otros, cuando nos sentimos plenos, intensos, más reales y vivos que nunca.
    
     Ya en la Edad Media española, el Arcipreste de Hita indicaba que nos movemos, y en consecuencia hacemos girar al Mundo, por dos motivos: ante todo, conseguir dinero, y después, por yacer con fembra placentera. Lo que en la actualidad académicamente denominaríamos Economía y Demografía, respectivamente, las dos disciplinas históricas más utilizadas para explicar, y con lógica, las causas y consecuencias de los principales cambios históricos.
    
     Pero yo añadiría otro motor menor o no menos potente, que marca profundamente nuestra forma de vivir actual y que también ha dejado una fuerte impronta en el devenir histórico: me refiero a la comunicación, por esa necesidad que los seres humanos tenemos de transmitir ideas y sentimientos, de convertirnos en personajes de otros y de habitar en cerebro ajeno, además de subsistir (economía) y reproducirnos (demografía).
    
     En un raudo paseo por el pasado del hombre sobre la Tierra, la Historia empezó en Sumer, Uruk IV, allá por el 3.500 a.C. cuando dejamos grabado nuestros primeros testimonios escritos en pequeñas tablillas y gracias a las imágenes, cada vez más abstractas y perfeccionadas, conoció su esplendor el Imperio egipcio erigiendo pirámides y lujosas tumbas.
    
    Y nuestro país, en el 1.150 a.C., setenta y cinco años después de la Guerra de Troya, se abrió al Mundo y a la Historia, sólo tras el desembarco en Cádiz de los denostados fenicios dedicados al comercio, pero que también nos dejaron ese gran legado que es el alfabeto.
    
     Los romanos llegaron después con sus edictos en latín, sus carreteras y puentes, eficaces medios de comunicación nuevos, uniendo así a todo el mundo Mediterráneo, tres religiones con libro revolucionaron luego la Historia y sólo los copistas irlandeses salvaron luego a la civilización durante los Siglos Oscuros.
    
    Llegó luego la imprenta y así surgieron los Estados Modernos que se expandieron gracias a las élites educadas por ella, y el auge de la navegación, hasta llegar a los más remotos confines del Mundo.
    
     Alcanzado el siglo XIX, los cambios en la comunicación se suceden a ritmo vertiginoso, transformando cada poco nuestras formas de vida. En principio, conocimos la difusión de los periódicos y con su despliegue, la lograda alfabetización de las clases populares que trajo como consecuencia las primeras revoluciones liberales.
    
    Después vendría el telégrafo, verdadero protagonista de la Guerra de Crimea en la que un loco periodista irlandés, William Howard Russell, ganó la batalla frente a la opinión pública informando con él del desastre que había supuesto la batalla de Balaclava y su carga de la brigada ligera, frente a los discursos triunfalistas de Lord Kitchener.
    
    Y con la Guerra de Secesión, veríamos triunfar luego en toda América la fotografía, por esa necesidad de inmortalizar nuestro recuerdo antes de que llegue la muerte. No fueron menos los impactos del teléfono y del cine, este último vital para difundir las ideas de la Revolución Rusa o el ánimo de los soldados en los frentes de la Primera y la Segunda Mundial, cuya gran protagonista fue la radio.
    
    Y la televisión vendría después, transmitiendo en tiempo real guerras ganadas (Corea) o perdidas (Vietnam), otorgando trazas de veracidad cercana a esos conflictos, cuando todos sabemos que en una guerra, la primera víctima siempre es la verdad y que, tanto o más que las palabras, las imágenes, en tanto intangibles, también mienten.
    
    Aun más, como afirmaba Sebald, ni siquiera conocemos el impacto de tantas salvajes atrocidades, reproducidas una y mil veces con imágenes durante el sangriento siglo pasado, en nuestras pobres y débiles mentes: el holocausto judío, Hiroshima, la matanza de Katín, el bombardeo de Nuremberg, el napalm, la guerra de los Balcanes, los tiros en la nuca, las Torres Gemelas, los trenes de Atocha.
    
     Y ahora sentimos encontrarnos ya en un mundo de locos por sobreabundancia de información, máxime con la llegada de los móviles y de Internet, muy parecidos a la bomba atómica en el sentido de que no se pueden a estas alturas desinventar.
    
    Porque en estos bosques enormes de noticias, plagados de imágenes, nos perdemos, no sabemos seleccionar, criticar, comprender, resumir, elegir, informar ni explicar lo que vemos con honestidad y rigor. De ahí esa tendencia cada vez mayor a sensacionalizar tanto los acontecimientos, a privilegiar noticias inanes y acallar, en lo posible, ese sentido crítico tan necesario ante quienes pretenden adoctrinarnos, acallarnos, amoldarnos, volvernos dóciles.
    
    Mal nos irá si no reaccionamos rebelándonos ante este brave new world (un mundo feliz) que nos silencia ahora con sus pastillas de soma: alcohol, sexo, moda, consumismo, juventud eterna, videojuegos, cine, imagen, imagen, imagen.
    
     Pues bajo esta idílica fachada de achampanada fiesta sin final, la gente sufre. Y no sólo por las enfermedades inevitables y la muerte que nos espera, sino de soledad dura en esta era triunfal de las comunicaciones.
    
    Porque quizá nos hayamos esmerado mucho en la tecnología que las sigue desarrollando, pero muy poco en la calidad y profundidad de las mismas, qué nos decimos entre nosotros y por qué lo decimos.
    
    Así, este Internet en pañales que aún no hemos tenido tiempo de asimilar, nos está poniendo en contacto con miles de personas desconocidas y lejanas, y sin embargo afines, con las que compartimos diálogos imposibles de desarrollar con quiénes tenemos más cerca y que a la larga trae consecuencias, matrimonios que se rompen, niños que se dividen, relaciones amorosas líquidas, vulnerables y solubles que se pueden romper con un simple alt + ctrl + suprimir, en un Lost in traslation continuo e interminable, sólo cambiando de foto.
    
    Que muchos se apuntan porque nos parecen cómodas y mientras duren, duraron, antes me devolvías el rosario de mi madre y ahora envío tus correos a la papelera de reciclaje, vale, pero nadie nos ha puesto en guardia contra el desgaste de las emociones, la capacidad de conmovernos, reír y llorar juntos, seguir confiando sinceros y fieles los unos en los otros. Todo eso que con estas frágiles dependencias, múltiples dependencias virtuales, se pierde.
    
    Empieza a caer la lluvia sobre la playa y los paseantes aceleran su paso, algunos corriendo aislados con su aparato de música, otros tirando de la correa que los une a perros imposibles, de esos que se paran en cualquier lado.
    
    Para ir de La Caleta a La Victoria cada vez sorteo menos familias múltiples que, dispuestos en línea, abarcaban antiguamente toda la acera y lo que es peor, cada vez tengo que dejar atrás a menos parejas.
    
    Más allá, en una terraza de la playa y bajo una sombrilla, un adolescente alza los ojos y me sonríe solitario con su portátil abierto, quizá el amor, con el tiempo, se convierta sólo en esto mientras cambiamos nuestra condición de personas a sólo seres productivos y epidérmicos a quiénes estorba, por la pérdida de tiempo y esfuerzo empleados, el contacto diario, cálido, real y físico, con otros seres, antes humanos.
    
    Basta recordar aquí lo que por esa soledad informada está ocurriendo ahora y tener siempre presente que no son virtuales los suicidios.
    
    Ángeles Prieto Barba

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Comentario

Comentarios de los Lectores

[04-11-09 17:39] - Nombre: Susana Mansilla - Valoracion:8
El artículo de Ángeles Prieto es mejor que el anterior. Y razón tiene en que en Internet todo puede ser posible, nuevamente deberíamos plantearnos hasta qué punto es real lo que vivimos en Internet y pensar que aunque tengamos una pantalla delante también hay una persona detrás. Sigue así Ángeles.
[28-04-10 18:19] - Nombre: Daniel Doblado - Valoracion:9
Enhorabuena Ángeles. Este artículo es excelente. Crítico, didáctico y bien escrito. El final, estremecedor y punzante, no deja indiferente a nadie.