Para Irma y Daniel Moyano. Son animales pequeñísimos, no mayores que una B mayúscula, que habitan entre las páginas de los libros, alimentándose de sus letras, símbolos y signos de puntuación. Muchos advenedizos de las ciencias de la escritura o de la imprenta, confundieron esos animales inocentes con el famoso "hongo de la tinta"; pero éste ataca especialmente a determinados pigmentos sin discernir frases o textos; los hongos carecen de inteligencia y de voluntad. Los gráfilos, en cambio, son selectivos en sus gustos. Devoran cualquier tipo de pigmento o tinta de imprenta, ya que sus objetivos primordiales son el texto y las ideas y, fundamentalmente, su mala calidad. Son tan planos -apenas un par de micras de espesor- y tan transparentes, que pasan desapercibidos al ojo humano, aunque haya muchos individuos en un libro y en una misma página. Su forma es inconstante: con el estómago vacío, podrían asemejarse a una ameba con algo de caballito marino; pero, cuando han comido, suelen adquirir la coloración oscura y la forma de la letra tragada. Una vez llenos, y después de haber hecho una breve siesta para facilitar la digestión de la tinta, se divierten formando palabras y hasta frases ingeniosas y no desprovistas de sentido del humor o de cierto cinismo; prefiriendo, sobre todo, las obscenidades que espantan al lector y que duran sólo unos instantes; de modo que aquel que está leyendo cree haber sido traicionado por su subconsciente. Si bien la inteligencia de estos animalitos no pudo ser todavía probada científicamente, sus frecuentes travesuras demuestran a las claras que algo de ésta poseen. Sensibles a cualquier movimiento -gracias a las finas antenas que agitan vertiginosamente-, escapan con rapidez en cuanto perciben el roce de una mano en la cubierta del libro o la mirada curiosa del lector. Abierto aquél por una página cualquiera, los gráfilos ya están refugiados en otras, devorando con ansiedad letras y oraciones enteras. Y cuando acaban con un libro pasan de inmediato a otro. Hay personas que descreen de los gráfilos; por lo general se trata de ignorantes o analfabetos; pero cualquiera que posea un poco de sentido común podría detectar su presencia en un libro, pues, a pesar de las dificultades para localizarlos cuando están con el estómago vacío y de su rapidez para pasar de un página a otra -casi a la velocidad de la luz-, existen vestigios de su paso voraz: sutiles erratas inexplicables halladas a veces en segundas o terceras lecturas. ¿Cómo explicar entonces, cuando un autor, en una primera lectura, nos es incomprensible o nos aburre y, al cabo de los años, en segunda lectura, nos sorprende su transparencia y deslumbra su amenidad? Personalmente, me pasó con muchos. También al contrario. Todo ello suele ser obra de los gráfilos y secuela de su apetito desmedido. Con frecuencia se introducen en manuscritos u originales, constituyéndose en un terror para los escritores cuyas ideas, desvirtuadas o mutiladas, se pierden para siempre. Posibles obras maestras quedaron sólo en intenciones por esta causa; muchos talentos nunca se desarrollaron y murieron en el anonimato. No existe forma conocida de eliminarlos; pero detestan los malos libros y los devoran, de modo que su vida en las bibliotecas actuales es, con frecuencia, muy larga, y la mejor forma de librarse de ellos es eliminando los malos autores, o ser un buen escritor. Sienten un solemne respeto por los clásicos, cuyas obras jamás se atreven a comer. Por fortuna, la producción literaria es inmensa y no les falta alimento. Es obvio que sus mayores detractores y quienes niegan su existencia son los malos autores, cuya producción nunca llega ni siquiera a las galeradas, pues los originales quedan en blanco a las pocas horas. Su ejemplar afición por la buena literatura y su portentosa memoria son la comidilla en los círculos literarios, charlas de café, tertulias y presentaciones. Transmiten genéticamente los conocimientos acumulados a lo largo de su vida de generación en generación: su sabiduría es inimaginable; sus gustos literarios exquisitos; sus juicios: temibles y certeros. ¡Ay de aquel original que caiga bajo la mirada codiciosa de los gráfilos y de sus poderosas mandíbulas! Sé de autores que abandonaron la escritura, y de otros muchos que prefirieron acabar con su vida abriéndose las venas antes que luchar contra ellos. Misteriosamente, hay escritores inmunes a los gráfilos; en esos casos, por fortuna, el tiempo se ocupa de devorar sus obras. Del origen de los gráfilos se sabe muy poco: unos atribuyen su nacimiento a la generación espontánea; otros a la evolución de las especies, situando justamente sus predecesores en el hongo de la tinta, o en un parásito de los calamares -teoría errónea esta última-. Se dice también que fueron los autores clásicos quienes los inventaron para acabar con los malos escritores; de hecho, es evidente que su nacimiento es simultáneo al de la escritura; así lo prueban documentos antiquísimos en los que se pueden observar bajo microscopio mordeduras y huellas de dientes minúsculos en algunos signos; y también, que las obras clásicas nos hayan llegado intactas, tal y como han sido concebidas, con toda su belleza, sin haber sido atacadas. De su famosa y detestada voracidad podrán dar fehaciente testimonio estas exiguas y modestas pá inas que, con absoluta seguridad, podría jurar y perj urar que en pocos días, cuando quiera volver a leerlas, las hallaré en blan El autor: Norberto Luis Romero. Natural de Córdoba, Argentina, Norberto Luis Romero, que reside en España desde 1975, es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. En 1983 publicó su primer libro de cuentos, Transgresiones, y tras un largo silencio reapareció en 1996 con El momento del unicornio, su mejor libro de relatos. De esa misma fecha datan su Signos de descomposición, en la editorial Valdemar, Madrid, donde en 1999 publicó su segunda novela La noche del Zeppelín y en 2002, la tercera: Isla de sirenas. En 2003 verá la luz la novela Ceremonia de máscaras y The last night of carnival, libro de relatos con traducción de H.E. Francis que es publicado en los Estados Unidos; y en 2005 publicó la novela Bajo el signo de Aries. En 2007, Ediciones Amargord publicó el cuento Capitán Seymour Sea. En 2008 el libro de cuentos El hombre en el mirador, que apareció en México, y Emma Roulotte, es usted, publicada por Eclipsados, Zaragoza, en 2009. En la actualidad consolida su obra con la reedición de El momento del unicornio en la colección 2º Asalto, de Tropo Editores, de Zaragoza. (Sección coordinada por Carolina Molina).
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