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por Diversos autores - 23-11-09 17:42 - 1 comentarios

Mariluz Escribano Pueo

La Casona

    Cuando mi tía Angélica se quedó ciega, cosa que fue algo que sucedió progresivamente, y le fue imposible seguir con la dirección de la casa de labor que circulaba alrededor de ella y de sus enérgicas decisiones, la casona de mi abuelo, con sus corralizas, sus pajares y tenadas, las cuadras de los ganados y el huerto anexo, empezó a declinar con una lentitud de lluvia, año tras año, hasta dejar en la retina de todos nosotros una situación de pobreza, precariedad y desorden.
    
    Esta situación empezó a producirse de una manera casi imperceptible al principio.
    
    Pequeños indicios nos hicieron sospechar que en la tía Angélica algo estaba cambiando: en la cocina palpaba los pucheros, las cacerolas, la alcuza del aceite, el garrafón del vinagre, los panes de la artesa y tenía un ademán dubitativo cuando tenía que utilizar las espumaderas, los cucharones o los cuchillos.
    
    Estos últimos, sobre todo: hasta que no tanteaba el acero del filo cortante, no lo hundía en la carne blanda de los capones o el pan.
    
    Sus gestos empezaron a segregar la angustia de la indecisión y el titubeo era continuo al bajar los escalones de la bodega, allí donde se guardaban en la penumbra ceniza, enterradas, las exquisitas botellas lacradas de vinos cosechados por el bisabuelo Florencio.
    
    Además, en un periodo muy corto de tiempo, un velo gris descendió sobre su cabeza cubriendo de canas su hermoso pelo negro.
    
    Fue cuestión de horas: un día, cuando se levantó para acudir a misa pequeña y se miró al espejo del aguamanil, apenas reconoció una cara que hasta el día anterior había pertenecido a una persona en la edad madura.
    
     Fue así como comenzó su deterioro físico y el declive general de la casona en la que se notaba el desgaste implacable del tiempo, la suciedad acumulada por la indiferencia.
    
    Primero, las lluvias tormentosas en los días de los sucesivos agostos que arrastraban las tierras cereálicas del páramo, las nieves inclementes de los inviernos y los vientos, empezaron a corroer los adobes del alto palomar que se asomaba a los campos, sobrevolaba las casas y se tuteaba con la torre del campanario de la iglesia de tan alto como era.
    
    Al principio de los días de la quiebra quedó, en la luz clara de las mañanas y en la rojiza de las atardecidas, la silueta irregular de sus adobes deshechos con los huecos de los nidos al aire.
    
    A nadie pareció importarle y, desde luego, tía Angélica no lo veía.
    
    A pesar de ello, las palomas seguían habitándolo, con su costumbre madrugadora de levantar el vuelo sobre la libertad de los trigos en la primera luz y su incesante ir y venir desde las planicies hasta la perfecta simetría de los nidos.
    
     Todavía el murmullo de su zureo nos acompañó mucho tiempo, porque el derrumbe del palomar fue tan lento como inevitable, tan agónico como la muerte de la casona.
    
    El día en que definitivamente se derrumbó, con la despaciosa erosión de sus adobes y sus cimientos, un escándalo de palomas desahuciadas llegó hasta la casona, revolucionó la madrugada y lleno el aire de los corrales y de las habitaciones del suave y blanco o gris plumón de los pichones.
    
    Entre los escombros estuvieron escarbando los gatos durante nueve días y durante nueve días estuvo flotando en el espacio, como pavesas casi invisibles, la levedad de las plumas.
    
    Ningún habitante de la casa se libró de ellas e, incluso, tía Angélica acudió a la misa mayor del domingo, con el velo negro de la viudez, y dejó tras de sí, por la calle y la plaza, un suave vaivén de plumas planeadoras y blancas que se quedaban suspendidas un instante en la quietud de la luz.
    
    Hasta la iglesia llegaron, porque también el reclinatorio de terciopelo rojo estaba cubierto de la finísima capa de plumón, y rodaron, como animalillos vivaces, por encima de las piedras frías de las sepulturas de los familiares muertos.
    
    Poco a poco, en muy pocos años, la casa fue sintiendo, como si de un ser vivo se tratara, las heridas de las grietas sobre la superficie de los adobes con que se había construido la parte superior de la casona.
    
    Los pilares y la mitad de la parte baja, edificada en piedra, se mantuvieron férreamente enhiestos, pero los interiores empezaron a acusar las heridas de las lluvias por las numerosas goteras de los tejados, el recalo de balcones y ventanas, la rotura de la lucerna que daba luz a la escalera.
    
    Un ambiente de humedad se instaló en las paneras, floreció los trigos de las cosechas, impregnó de agua los pajares y las tenadas se vinieron abajo en un silencioso derrumbe.
    
    Y entonces hubo que vender los rebaños, despedir a Pedro, el pastor, y reducir el gallinero y las cuadras. La casona fue ya más solar que otra cosa.
    
    Poco a poco, la actividad fue cesando en ella y desaparecieron los aparejos de las bestias, las mantas zamoranas, los calderos de cobre de las matanzas, los bieldos, los rastrillos, los trillos, las corralizas de los chinos y las conejeras.
    
    El ruido del trabajo desapareció tan lentamente como la luz abandonó los ojos de tía Angélica y todo fue silencio en el aire envolvente de la casa, una ausencia de ruidos anunciadora de muerte.
    
    Cuando en los últimos tiempos tía Angélica se refugió de las iras de los fríos y de la lluvia en la estufa, calentada por el fuego de la última paja de los pajares, ya había desaparecido el huerto que se contemplaba desde la ventana y que era más jardín que otra cosa.
    
    No estaban ni el lilo ni el jazminero, y los rosales, asilvestrados, se enredaban en los barrotes de la ventana, asombrando la estancia y se confundían con los pámpanos y los racimos de uva de la parra que ya nadie recogía.
    
    La higuerilla languideció y sólo tenía hojas en las extremidades de las ramas.
    
    La tía Angélica terminó durmiendo en la estufa, en una cama estrecha que bajó desde uno de los dormitorios.
    
    Allí murió, en una madrugada que cristalizaba en hielo por las calles, mucho antes de que la campana de la iglesia convocara a los fieles a misa pequeña, en esa hora en que el pueblo empezaba a olvidarse de la noche.
    
    
    
    (BIOGRAFÍA)
    
    
    Mariluz Escribano Pueo (Granada, 1935) ha sido Catedrática de la Universidad de Granada.
    
    En la actualidad dirige la prestigiosa revista EntreRíos, Revista de Artes y Letras.
    
    Es una de las figuras más relevantes de la literatura granadina actual con una voz muy personal y versátil en los distintos géneros.
    
    Ha publicados los poemarios Sonetos del alba, Desde un mar de silencio y Canciones de la tarde; memorialísticas como Sopas de ajo y Memoria de azúcar y tres recopilatorios de artículos periodísticos, Ventanas al jardín (2002), El ojo de cristal (2004) y Jardines, pájaros (2006).
    
    Remedios Sánchez García, profesora de la Universidad de Granada y especializada en crítica literaria ha dicho de ella refiriéndose a su libro Los caballos ciegos (del cual extraemos este relato) que usa una “escritura artística, llena de elegancia, originalidad y exquisitez” lo que “se ha convertido en una circunstancia poco habitual en estos días en los que se acaba poniendo negro sobre blanco hasta las mayores nimiedades”.
    
    José Cruz, que también colaborará en esta sección, ha afirmado de ella que “podría ser la Katherine Mansfield del páramo castellano, de la llanura cerealista” y con esta acertada afirmación nos quedamos.
    
    (Sección coordinada por Carolina Molina).
    
    

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Comentario

Comentarios de los Lectores

[25-11-09 22:50] - Nombre: Carmela Greciet - Valoracion:10
He paladeado la belleza de cada una de las palabras con que Mariluz Escribano ha tejido su relato y quiero dejar aquí mi agradecimiento, y también un fragmento de "Últimos días de una casa" de Dulce María Loinaz, que quizá hubiera podido estremecer a tía Angélica... "Me siento ya una casa enferma, una casa leprosa. Es necesario que alguien venga a recoger los mangos que se caen en el patio y se pierden sin que nadie les tiente la dulzura. Es necesario que alguien venga a cerrar la ventana del comedor, que se ha quedado abierta, y anoche entraron los murciélagos.... Es necesario que alguien venga a ordenar, a gritar, a cualquier cosa...."