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por Diversos autores - 02-12-09 19:45 - 2 comentarios

Angelina Lamelas

Un sombrero en el zaguán

    Cuando mi padre se marchó de casa yo estudiaba tercero de Bachillerato y en mi clase todas las niñas tenían a su padre y a su madre; menos Marina Dalmat que era medio francesa y su padre había muerto en Guinea Bissau en un safari. Y en el recordatorio que besaba todos los días en misa ponía que había muerto en acto de servicio.
    
     Yo sabía, supe siempre desde aquella primavera del cuarenta y nueve, que la ausencia de mi padre iba a marcar mi adolescencia con una mezcla dolorosa de pena y rencor, de humillación también.
    
    Porque nos había dejado, abandonado; a mamá, tan bella y tan señora, siempre pendiente de que no hiciéramos ruido porque papá estaba trabajando; a Jorge, Esteban y a mí y muchísimas cosas más que formaban parte de una cotidianidad sin fisuras en aquel piso de largo pasillo de la calle Lagasca esquina a Goya, con el chaflán y el óleo del bisabuelo materno que te miraba aunque te escondieras, el comedor de estilo isabelino, la escultura de Cristino Mallo, las acuarelas de Alvear, el Salces que tanto le gustaba, su intocable sillón de terciopelo verde un poco deslucido en los brazos y en el respaldo por la huella de la cabeza preclara de papá, los cubiertos de plata Meneses, el Diccionario Espasa, el Dios guarde cada rincón de esta casa y el Diario hablado de Radio Nacional de España, no tanto por el Diario como por el silencio de auténtico patriarcado que se hacía en torno al cabeza de familia.
    
    Fue la sintonía perfecta con la sumisión, el triángulo de las Bermudas de todas las conversaciones; que llegaba la voz de David Cubedo, metálica y oficial, como de No-Do, aquel tíiirori, tirorirorirorii, rorii que acababa con los temas familiares sobre la carestía de la vida, las anunciadas visitas y las preguntas a Jorge y Esteban sobre si les habían puesto nota en alguna clase.
    
    A la nena, que era yo, no te toques ese granito, hija. Te voy a comprar agua cutánea Castillo, porque las niñas en el cuarenta y nueve tenían que ser, sobre todo, bien educadas y preparadas poco a poco para ser verdaderas señoritas. Y a ver el trapito de la clase de labor, Nena, que ya sabes que lo tienes que presentar bien terminado para que la madre Ascensión no te suspenda.
    
     O sea, demostraciones limpísimas de que dominaba, siempre por este orden, la vainica doble, el talarteado, el sobrehilado, el festón, el filtiré, el punto de cruz y un repaso con huevo de madera. Pero ya me estoy yendo...
    
     Lo cierto es que yo cambié a raíz del abandono, decían que había cambiado mucho y la Tía Laura, que era la hermana mayor de mi padre, me llevaba a pasear por el Retiro y me daba ponches con yema porque la nena tenía muy bajo el color y las pupilas dilatadas, con toda la pinta de estar baja de defensas, con lo peligroso que eso era en el desarrollo, y me dieron Ceregumil antes de la comida durante una larguísima temporada, cuando lo único que me hubiese curado de verdad era la vuelta de mi padre.
    
     ¿Que por qué te cuento esto, ahora, al cabo de tantos años? Por si te sirve de algo, hija. Tú que me hablas de frustraciones y decepciones y de tu crisis con Alberto. Para que luches y trates de evitar la separación. Que es que ahora vais al matrimonio a ver si resulta y os lo quitáis de encima a la primera de cambio y no quiero que pase tu hijo por lo que pasé yo, que sí, que sé que son otros tiempos, pero el corazón de un niño está hecho de lo mismo que antes y él quiere a su padre y a su madre juntos en casa.
    
     Lo que hubiera dado la niña del cuarenta y nueve por volver a encontrar aquel sombrero de fieltro gris sobre el perchero del zaguán. Total, un sombrero gris con cinta de agremán y media plumita y una etiqueta de Sánchez Sierra en la parte interior de la copa.
    
    Te lo ponías y te llegaba el olor a papá que era un olor a estabilidad y orden, para que me entiendas, con pocas demostraciones de afecto, un rigor excesivo, pero un gran respaldo. Aquel sombrero en el zaguán era, hija, la seguridad. Claro que eso lo supe cuando dejó de estar allí.
    
    Si llegaba con una amiga del colegio e íbamos a mi cuarto a estudiar, yo sabía al entrar si papá estaba en casa y bajaba la voz al pasar por su despacho, que era procurador y recibía a los clientes en casa.
    
     Mamá me parecía bellísima. Es curioso que se me haya quedado una imagen, como de foto fija, cada vez que pienso en la época de antes del abandono. Tendría que ser en el cuarenta y ocho; el cuarenta y siete o el cuarenta y ocho... Entraron una noche en mi cuarto para despedirse, pues iban a una cena en el Palace.
    
    Mamá llevaba un traje de encaje negro que tenía un gran escote en la espalda y dejaba ver una piel lisa, muy blanca, como de mármol. La espalda que yo quería tener cuando fuese mayor. Era rubia, con unos ojos azules que miraban muy bien, la cintura estrecha, las piernas bonitas y además olía a Je reviens de Worth.
    
     Puedo ver a mamá en el Salón de Actos del colegio, mucho más guapa que la madre de Marisa Vélez, ni punto de comparación, presenciando una de aquellas demostraciones de virtuosismo de la nena, que ejecutaba “En un mercado persa” con reverencia antes y después de la ejecución. ¡Ríete, ríete...! Mi madre... ¿Y dónde estaba mi padre? Debió pasar media vida en su despacho.
    
     Lo único, sí, recuerdo que me había quedado una noche estudiando unos temas de Ciencias Naturales y oí la voz destemplada de papá y el llanto contenido de mamá, pero luego pasaron días normales con Diarios hablados de Radio Nacional, un enfado discreto de papá porque le habían desaparecido las tijeras, y sus tijeras eran sagradas; un suspenso de Esteban en matemáticas y los correspondientes sermones a dos bandas, papá que habría que pensar en meterle interno en los Escolapios de Villacarriedo como al hijo de un amigo suyo y mamá que qué decepción y qué decepción.
    
     Cuando ocurrió hubo una consigna familiar de silencio. Oficialmente fuimos llamados los tres, Jorge, Esteban y yo a la habitación de mamá, pero eso fue en verano y papá se había ido en primavera. Mientras tanto nos contaron una historia tolerada para menores de un largo viaje a Barcelona, viaje profesional.
    
     ¿Así, sin despedirse? me preguntaba yo. Mamá languidecía entre el salón y el dormitorio. A menudo tenía las persianas bajadas y un pañuelo empapado en colonia sobre la frente. Lo estoy viendo ¿sabes? Puedo oír las campanas de la Iglesia de la Concepción que sonaban en aquel momento y hasta oír el crujido del colchón cuando se incorporó en la cama para hablarnos. Tenía una chaqueta de piqué rosa sobre el camisón y estaba muy pálida.
    
     -Quiero que sepáis que vuestro padre no va a volver a casa –dijo, sin preámbulos, con la voz al borde del llanto.
    
     Nos miramos, no podía ser...
    
     -Pero, si está en Barcelona, trabajando –dije yo.
    
     Jorge me dio un codazo.
    
     -Tenía razón Molina –dijo Esteban al salir de la habitación-, me aseguró en el recreo que en lo de Barcelona había gato encerrado.
    
     Jorge dijo mierda y cabronada, que eran palabras que yo no había oído decir nunca a mis hermanos, y lo repitió lo menos tres veces. Desde entonces me sentí menos importante y más vulnerable. Éramos, mis hermanos y yo, hijos a los que se podía dejar así, sin una despedida, sin una explicación. Mi autoestima descendió vertiginosamente, y en aquellos años de la adolescencia mi yo se hizo inseguro y quebradizo.
    
    Podía llorar por una puesta de sol, «la canción de Bernadette» en el cine, un perro muerto sobre una acera. Mamá apenas salía a la calle. Era una sombra permanente en un rincón de la sala. Ni siquiera los suspensos de Esteban lograban enfadarla. Medía el tiempo en estrellas de ganchillo y punto inglés para nosotros. Algunos puntos ingleses envueltos en papel de seda servían para paliar los largos finales de mes. En una mercería de Conde de Peñalver se los compraban bien porque mamá hacía el punto muy igual. Dora, que llevaba por entonces cinco años en casa, decía que era un secreto y que la señora le había pedido que no se lo contara a nadie. «Como sí, como no, como Cristo nos enseñó» y besé mis dos dedos cruzados.
    
     Recuerdo todas las Navidades que siguieron sin sombrero en el zaguán y Jorge ocupando el sitio de papá en la mesa. También el primer guateque en casa de Marisa Vélez. Conjunto de orlón naranja y la melena como Pier Angeli en «Teresa». Oigo la voz de su madre que hablaba con una amiga: «Es Nena Parets, la hija de Parets, el procurador. Te tienes que acordar», y una presión cómplice en el brazo, la presión de ya te contaré...
    
     Ahora pienso que aquel abandono, aquella traición fue peor que la muerte. Mamá quitó todas las fotografías de mi padre y regaló todos sus trajes a Octavia la santera, que venía los primeros sábados con la capillita de la Milagrosa. También se le borró de las conversaciones. Seguían llegando cartas a su nombre, eso sí, que desaparecían rápidamente, como por arte de magia. Mamá se quitó la alianza y la mandó fundir. Le hicieron una cruz chiquita que llevaba al cuello. ¿Por qué se había ido mi padre? Deduje que mis hermanos no lo sabían porque nunca hicieron el menor comentario.
    
    A mamá no se le podía preguntar porque la Tía Laura decía que estaba en carne viva. Fue ella misma, Tía Laura, la que desveló el misterio sin saber que estaba yo allí, a pocos metros, en un sillón de orejas del salón, Balneario de Lecumberri, verano del cincuenta, latiéndome las sienes muy deprisa –que no se den cuenta, que no se den cuenta- cuando ella le contaba a su amiga Nati, que también tenía piedras en la vesícula, ella le contaba, dije, que ya había hecho un año en primavera que no se sabía nada de Jorge. Figúrate, una lagartona, la mujer de otro procurador y dejó cuatro hijos pequeños. Le tiene bien cogido, porque te puedes imaginar, ella socialmente está muerta. No puede volver.
    
     Tuvieron que pasar seis años. Fue en mayo del cincuenta y cinco, lo recuerdo muy bien, cuando volví a ver a mi padre. Hasta esa fecha, un ingreso mensual en la cuenta corriente conjunta parecía su única fe de vida. Era sábado y había quedado en la puerta del Retiro de Independencia con mi Clark Gable particular, hermano de Marisa Vélez.
    
    De pronto, cerca del estanque, mi infancia dobló aquel castaño de indias. Era él, sin ninguna duda. Seis años no cambian apenas a un padre. Un poco más pequeños los ojos y un poco menos alto, me pareció. Y venía con una mujer normalita, ni sombra de la mujer fatal con melena a lo Verónica Lake, robamaridos y lagartona que había imaginado aquel día en Lecumberi. Una mujer con el pelo corto y collar de perlas, un traje de sastre azul marino y cara de buena.
    
     No sé. Todavía me pregunto de dónde salió mi voz rota, cómo fui capaz de articular una palabra con el nudo de seis años de ausencia y mil rencores. Dije adiós, simplemente, y ella me miró un momento con cara de te equivocas, querida, y él, mi padre, debió pensar lo mismo, sí, seguro.
    
     El procurador Parets esbozó una media sonrisa a aquella desconocida que a lo mejor relacionó, vaya usted a saber con qué asunto de trabajo, y levantó cortésmente su sombrero de fieltro gris, apenas dos o tres centímetros, sobre su cabeza.
    
    
    La autora:
    
    Angelina Lamelas.
    
    Biografía:
    
    
    Angelina Lamelas, nació en Santander y estudió Magisterio y Periodismo. Muy pronto comenzó a publicar artículos y cuentos en el diario YA y otros periódicos y revistas.
    
     Como cultivadora de la narración breve ha obtenido los premios HUCHA DE ORO de cuentos (1971), el CLARÍN de de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (1990), U.N.E.D. de relato breve (1995) y ALFONSO MARTÍNEZ-MENA de cuentos (2002).
    
    Ha publicado El cachorro y otros cuentos (La Isla de los Ratones, 1971), Un sombrero en el zaguán y otros relatos (Diputación Regional de Cantabria, 1991), A dos manos, con su hijo, el periodista José Antonio Fúster (Huerga & Fierro, 2003), los poemarios Recital de lluvia (Andrómeda, 1992), El arco del violín (Huerga & Fierro, 2000), y prepara una antología de cuentos con el título provisional de Déjame que te cuente.
    
    Su actividad abarca también cuentos para niños, como Dika mete la pata, Un secreto en altamar, Un osito en la basura y Dika en Nueva York . También es autora de un poemario infantil, El cuarto de jugar. Próximamente se editará El fantasma que perdió su sábana.
    
     Ha participado en jornadas creativas, como la del Pazo de Mariñán (La Coruña) en julio de 2004 junto a Medardo Fraile y José María Merino e impartido Talleres de Cuento en Argentina (2005) y en Méjico (2006) y numerosas clases de Animación a la Lectura.
    
    Su amplia actividad ha llegado también a la traducción de libros de cuentos ingleses y franceses. Su última inclusión en una antología ha sido en Pasión de papel, Cuentos sobre el mundo del libro, de la Editorial Páginas de Espuma (Marzo, 2007), con su cuento “Calle Maipú”. En la actualidad es columnista de la revista “Chesterton”, en el suplemento cultural “Don Miguel”.
    
    Más sobre la autora:
    
    http://www.conoceralautor.com/obras/ver/MzUy
    
    Sección coordinada por Carolina Molina.
    
    
    

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Comentario

Comentarios de los Lectores

[02-12-09 23:05] - Nombre: - Valoracion:10
Elegancia, viveza, gracia narrativa, amplio vocabulario. Angelina recoge el testigo de doña Emilia Pardo Bazán. A ver si los cuentistas jóvenes aprenden de nuestra tradición, como hizo Angelina Lamelas y dejan de perder el tiempo con novedosas extravagancias, de ínfima calidad, que nos impone el merchadising literario.
[19-12-09 16:16] - Nombre: norberto - Valoracion:10
Mi enhorabuena, Angelina. Es un cuento muy bueno, con un tono desenfadado excelente, con buenas imágenes, diálogo justo y necesario, y un conocimiento profundo del ambiente familar de esas épocas. Talento y oficio, eso no sobra en estos días, y tú tienes ambos. Un saludo, Norberto Luis Romero