I De pronto, un día, súbitamente, llega la Navidad. Es ese día en el que las calefacciones impregnan las calles de una neblina pastosa con olor a cerilla húmeda. Puede ser noviembre, incluso octubre, lo mismo da, ese día es el primero. Antes de la campaña de El Corte Ingles les desea Feliz Navidad, la Navidad era solo un esperar el tiempo de vacaciones. Días plomizos, de manos gélidas insertadas en mitones, deambulando por los pasillos de una casa cuyas ventanas destilaban el frío a través del vaho de los cristales. Las naricillas, pegadas al cristal, buscaban el círculo concéntrico que una mano había abierto al universo previamente, dejando paso a un panorama de calles repletas, surtidas de personas en su ir y venir de media mañana, paradigma de oficios ya olvidados. El afilador. ¿Alguien ha visto, realmente, a un afilador? Suena el silbido aflautado detrás de las casas y su voz errante “el afiladoooooor”, yendo y viniendo, como el eco de un pastor en medio de un bosque. Desde mi casa veo al hombre del hielo. Con su ganzúa enorme aprisiona los bloques que las abuelas compran para enfriar sus neveras antiguas. De su peto de cuero resbala la escarcha de los grandes terrones helados, piezas minúsculas de un Madrid glacial. En una esquina del bullicioso mercado se encuentra la pastelera. Es una mujer de blanco, con un mandil que parece hecho del merengue con el que adorna sus dulces. Es el mandil más limpio que he visto nunca. A veces me regala un bollito cuadrado con coco pulverizado y yo no sé si es más blanco el coco o sus manguitos rizados que le cubren los brazos, extendidos hacia mí. Buen provecho, dice. En la noche se oye un plash, plash, plash. Llaman al sereno. A cualquier hora se presenta aquel gallego con su manojo de llaves colgado al cinto. Tintinean. Buenos noches, don Manuel, mucho frío hace hoy. El cielo está raso. Ni una nube. El cielo de Madrid es así, ni estrellas ni nubes hay. Sólo antenas de televisión sobre los tejados. De la casa del vecino, del señor Tomás, se filtra la sintonía del Cine Club. Todos son parte de un lugar imposible para el tiempo de escuela y que se vuelven auténticos, desde ese primer día, en que la neblina pastosa huele a cerilla húmeda y se sabe que es Navidad. II Sacaban en mi casa una estufa con pies torneados. Tenía la tal estufa un conducto largo, larguísimo, como cuerpo de serpiente, todo él anillado y de color plata. Tanto miedo daba el largo tubo como el interior de la estufa en cuya barriga ardían llamas voraces pero de un inquietante atractivo. Por su pequeña boca enrejillada introducía yo, a veces, diminutos papeles para verlos titilar hasta consumirse. La sensación pecaminosa duraba unos minutos, los justos en que mi madre se apercibía y me obligaba a separarme del monstruo de hierro. Con la Navidad también llegaban los anuncios. Al televisor Telefunken, tan gris como un ratón, se asomaba la pequeña Nancy, con sus ojitos dulzones y caminaba ¡curioso descubrimiento! tanto o más que el pequeño Kiko, con sus andares mecánicos. Después de aquel anuncio de Las muñecas de Famosa se dirigen al portal algo cambió en las niñas de los setenta. Aprendimos que todo muñeco debía tener, al menos, en la parte trasera del cuello, su marca bien impresa. III Un día antes de Navidad, llegaba mi padre con una gran caja. Era ese aguinaldo respetado que todos los obreros recibían de la Perkins. Tan grande era la caja de cartón que a mí me parecía el entorno mismo de una casa. Anisette, contaba mi madre sacando uno a uno su contenido, champán Freixenet del bueno, mazapanes, latas, polvorones variados… ¿Y la caja?, preguntaba yo. ¿Se ha quedado vacía la caja? Impaciente, esperaba a que mi casa se quedara vacía de inquilinos comestibles y entonces la tumbaba y dentro de ella me preparaba mi mundo, donde no había anuncios, ni Telefunkens, pero había fantasía. Llegada la noche última del año, continuaba mi caja impecable, puede que ligeramente descamada por mis intentos de diseñarle ventanas y de ella salía al oír los primeros villancicos cantados por Raphael. Qué bien canta este chico, decía mi abuela, mira que es formal. Y no es melenudo, recalcaba mi padre. Con el porrón pompón pón se abría la mesa, que durante todo el año había estado disimuladamente oculta y en ella se ponía un manjar bien extraño que se llamaba gamba. Que fuera final de año era alentador, no teníamos que oír a aquel señor que salía por la tele con traje de militar, recitando su retahíla. ¿Cuántos pantanos ha inaugurado hoy?, preguntaban riendo mis padres con temerosa ironía. El último día del año era de solemne permisividad. Una copita de Calisay, abuela, que no hace daño. Un polvorón, que por una vez no sube el azúcar. Y los cuartos. Tilín, tilín. Y las campanas. Plom. IV El primer día del año había discusión. A veces se solapaban los valses de Strauss con los saltos de esquí. Mi madre quería oír la música, mi padre no. Los hombres ganaban, siempre ganaban. Se veían los saltos, divertido imitar a aquel personaje envuelto en una funda que adelantaba la cabeza como un cohete en erupción. Y tras la comida, menos copiosa, menos apetecible, después de una noche corta y estresante, mi abuela sacaba regalos para todos. Por si no llego a los Reyes, decía con su habitual optimismo, para todos hay. A las mujeres colonia, de Maderas de Oriente, con su maderita flotante. A los hombres Varon Dandy y a las niñas pinturas Alpino. Con su abeto y todo. V El lobo qué gran turrón, se había acabado. La bandeja, decorada de migas de chocolate, lucía sola. Nadie reclamó más dulce, era el tiempo del roscón. En la víspera se imponían ciertas preguntas: Mamá ¿cómo llegan los Reyes Magos? En camello. ¿Pero por dónde entran? Por la ventana del salón. Yo me acostaba aquella noche horrorizaba. Si los Reyes podían entrar por la ventana ¿no podría entrar más tarde el Lobo de Caperucita? Varios años estuve durmiendo con la cabeza tapada por las mantas. Refugio incoherente pero infalible para una mente de seis años. El Cinexín, los juegos Reunidos Geyper. ¿Y el Madelman? El Madelman no, que es de niño. Con todos ellos y mi Nancy me meto dentro de mi casa de cartón. Allí tengo tarea ardua, preparo la comida, invito a mis amigos y finalmente, disfruto con una sesión de cine. VI El primer día de colegio llevamos los juguetes. A mi me han traído…y a mí también. Y a Merceditas el bebé que llora. Y a mí también. Habla la pija Maria Luisa, la niña-pera, la que calza Castellanos. A ella le han traído, además, un Scalextric y una bicicleta BH y un estuche y… Los días transcurren, serenos, aburridos, pero de una luminosidad pasmosa. Es que los días crecen, dice mi abuela. Y será verdad, porque las tardes son más largas. Miro por la ventana seca de humedad y reconozco un bulto fofo, marrón, en la esquina de la terraza. ¿Qué es eso, mamá? Es la caja de cartón. ¿La caja de cartón? Una inmensa tristeza niebla mi mirada. Me olvidé de mi mundo de fantasía entre tantos juguetes y mañanas de escuela. Me olvidé de jugar. Cada tarde pego la nariz en el cristal y veo consumirse el bulto fofo, color marrón, hasta convertirse en un espectro amorfo y pastoso después de la última lluvia. Ya no huele a cerilla húmeda, no huele a Navidad. La autora: Carolina Molina (Madrid 1963). Periodista, documentalista y escritora de novela histórica. Sus últimas novelas e investigaciones las han orientado hacia la Historia de Granada. La figura de García Lorca influirá en su literatura y en su vida personal. Fruto de estas investigaciones es su primera novela La luna sobre la Sabika (Entrelíneas Editores. Madrid. 2003), que tuvo buena acogida. Su segunda novela histórica, Mayrit entre dos murallas (2004), ha sido la primera novela ambientada en los orígenes musulmanes de Madrid. En 2006 publica con Roca Editorial Sueños del Albayzin, que la consagra como novelista y la une, definitivamente, a Granada. Colabora en distintas revistas de la ciudad, como El Legado Andalusí, una sociedad mediterránea y, algo más recientemente, la revista literaria EntreRíos. Su próxima novela, Guardianes de la Alhambra (Roca editorial) que verá la luz el 15 de febrero de 2010, comienza la saga de Max, el romántico. Desde finales de verano se incorpora al Heraldo de Henares donde coordina la sección “Érase un cuento”.
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