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por Diversos autores - 07-01-10 23:43 - 0 comentarios

José Luis Gracia Mosteo

Adán prefiere a la serpiente

    1
    
     Usted perdone si no le acepto el café, agente. Soy un hombre aprensivo. A decir verdad, casi un maniático. Es algo que no lo puedo evitar. Ya desde niño tenía miedo de las tormentas y miraba debajo de la cama. Además, esté donde esté, tengo que usar siempre mis cubiertos.
    
    Supongo que me quedé a las puertas del desequilibrio, pero así soy. No sé cuál será la causa. Yo era zurdo y mi madre rectificó mi lateralidad. Aunque eso no es todo. Por ejemplo, no puedo soportar ver un grifo goteando. Me pongo de los nervios.
    
    Y en cuanto a los zapatos, por poner otro hecho, deben estar alineados cuando me los quito. Si no, no descanso. Igual que con el ascensor. Me pongo histérico si se detiene entre dos pisos. Empiezo a sudar y a notar que me aprieta la ropa y no puedo ni respirar. Y no digamos la altura. Sólo estar a dos metros del suelo y ya me da vértigo.
    
    O las serpientes. Me dan tanto miedo que cuando veo una, me pongo a gritar. Tal vez por eso, por todo eso, no me casé. Sé que ninguna mujer me soportaría. Tal vez por eso, por todo eso, vivo feliz en la rutina y la soledad.
    
    En cuanto a mis padres, viven en una aldea de los Pirineos y aunque me hubiera quedado a vivir con ellos muy a gusto, resulta que tengo que comer. De modo que trabajo ahí cerca, en aquel banco. Soy el cajero. Un tipo tan meticuloso que en diez años nunca le ha faltado una peseta.
    
    Aunque lo que a mí me gusta no es eso. Lo que a mí me gusta es escribir. Ser escritor. Por eso escribo esto. Para ir haciendo oficio. Pero yendo al grano, tengo que decirle que aunque parezca que floto, no soy un ángel, es decir, tengo sexo.
    
    Porque la única mujer con quien trato es con Agustina, mi casera, una cincuentona entrada en kilos que vive con un chihuahua, al que llama Julio César, y que me visita todos los unos de cada mes, aunque también los seis, los once y cuando le da la gana, con su viso azul y sus piernotas asomando por la bata, para insinuarse, cobrar, pedir sal, invitarse a café o comentar la suerte que tengo de vivir en un piso de renta antigua, mientras su perro deja la guerra de las Galias por los rincones.
    
    Pero volviendo al asunto del sexo, le diré que durante mucho tiempo me las arreglé visitando clubes de señoritas, pero cuando llegó esa maldita enfermedad, la aprensión pudo más que la necesidad y empecé a verlas venir; a no caer en la tentación ni siquiera de Agustina, que sería pecado contra el buen gusto.
    
    Fue cuando tomé la decisión: visitaría a un psiquiatra a ver si conseguía vencer las fobias, reconstruir la personalidad y perder el miedo al sexo. Como no conocía a ninguno, pregunté aquí y allá, y al final me decidí a visitar a ese argentino tan raro, el doctor Smith Gavilán, ya sabe, ése tan famoso por sus tratamientos de choque y sus extrañas terapias.
    
     Smith Gavilán era un tipo con hechuras de caña, barbilla de espadachín y dedos de tahúr, que en poco tiempo se había hecho con un prestigio inmenso, un batallón de agradecidos, un puñado de enemigos y un despacho de proporciones asirias en la milla de oro de la ciudad.
    
     -Y dígame, ¿qué es lo que le produce más miedo? -dijo al cabo de una hora de conversación y de hablar hasta del perro de la casera.
    
     -Pues los ascensores, las tormentas, las serpientes, las mujeres... No sé. Eso más o menos -Yo esperaba que me preguntara por mis carencias, pero el tipo se empeñaba en sacar la suciedad-. Eeh, usted perdone, -me atreví- ¿no sería más importante que conociera lo que me acucia, porque es que no tengo relaciones desde hace siglos? Relaciones sexuales, quiero decir -expliqué como un idiota.
    
     El tipo me miró con la arrogancia del barbero que charla con el cliente mientras le pasa la navaja por la garganta.
    
     -Pues no –dijo con sonrisilla de hámster y tono lijado de cualquier compunción- Se trata de limpiar sus fobias, y aquí soy yo el especialista.
    
     “Virgen Santa”, debí de pensar, “más que un alienista sin compunción, el tipo era un loquero con punzón.”
    
     -Ah, bueno -dije sumando una nueva fobia a la lista e intuyendo que el pájaro era devoto de la lejía en eso de la limpieza.
    
     -Bien -zanjó- .Hasta la semana que viene. Ah, y no olvide firmar el contrato de exención de responsabilidades.
    
     -¿Cómo? -dudé al borde del ataque de perplejidad.
    
     -El que me libera de cualquier reclamación -explicó con la naturalidad de quien habla del tiempo.
    
     -¿De cualquier qué? -balbuceé a punto de mandarlo todo a no sé dónde.
    
     -Vamos hombre, -sonrió- si lo hacen hasta los maestros cuando van de excursión con los chavales. Sólo que yo lo necesito por si sale bien el tratamiento. La gente es tan desagradecida.
    
     No acababa de entenderlo.
    
     -¿Por si sale bien?
    
     -Eso he dicho. Si le tranquiliza, le diré que ocurre en un noventa por ciento de los casos
    
     -¿Y si no?
    
     -Le devuelvo el dinero.
    
     -Me devuelve el dinero -repetí sin comprender nada y arrepentido de haberme rebelado contra el sexto mandamiento, ese de los “actos impuros.”
    
     Smith Gavilán ni respondió. Estaba escribiendo en un cuaderno al que había puesto mi nombre y había cogido las Páginas Amarillas de Teléfonos por la M de mascotas.
    
    2
    
     Me fui pensando en lo que podía estar tramando; rumiando en quién cura a los que curan; dispuesto a no afrontar lo que maquinaba aquel ave de presa, pero catorce días después la necesidad pudo más que la aprensión.
    
     -Buenas tardes -dijo como si me hubiera despedido antesdeayer- .Menos mal que ha venido. Aquí tiene su tratamiento -Y me tendió una bolsa de deporte.
    
     -¿Mi tratamiento? -dije- ¿Esto es mi tratamiento? -dudé espantado.
    
     -Abra la bolsa en casa y tendrá la respuesta. Son cien euros sin factura y doscientos por el contenido. Páguele a la secretaria -me despidió.
    
     No pensaba que estuviera tan grave, pensé a la vista de lo que pesaba. Seguro que aquí hay libros y pastillas para un regimiento.
    
     Me equivocaba de nuevo porque, apenas llegué a casa y descorrí la cremallera, una majestuosa pitón de metro y medio y el grosor de una muñeca de boxeador empezó a deslizarse sobre el suelo.
    
     Fue cuando comencé a gritar.
    
     La serpiente se levantó un instante, me miró como atontada y, a la vista de que seguía chillando, se escondió. Cogí el teléfono y llamé a aquel canalla que se titulaba psiquiatra. Se iba a enterar. Veintidós insultos después, Smith Gavilán conseguía hablar.
    
     -Conviva con ella -sentenció-. Es mansa como un gatito, aunque hay que alimentarla. Si lo logra, estará curado. Ah, y si tiene miedo de que le moleste mientras está dormido, compre una cama alta. Y no se olvide de que es pariente de Eva -concluyó enigmático- .No se olvide de que es hembra.
    
    3
    
     Naturalmente le puse una denuncia en el Colegio de Médicos, que no sirvió para nada, y llamé a una tienda de mascotas para que mandara a un operario que no la logró encontrar.
    
    Desesperado, me fui a un hotel y, como no me sobra el dinero, al cabo de unos días me atreví a volver aunque sustituyendo las zapatillas por unas botas camperas; cambiando la cama por una litera y comprando una espada por si la conseguía atisbar. Parecía un samurai de vía estrecha.
    
    Las semanas que siguieron fueron un suplicio. Mientras me duchaba, vestía o cocinaba, creía oír el roce de sus roscas deslizándose por el suelo. Una vez incluso la vi y salí zumbando tras la espada. En vano. Cuando volví, había desaparecido. Entre tanto, el pánico me había hecho olvidar los cubiertos, mirar debajo de la cama o temer al ascensor.
    
     Un día descubrí donde se ocultaba: dentro del sofá-cama. Armado de valor, cogí la catana, desplegué el catre y me dispuse a atacar. Fue cuando sonó el timbre.
    
     “Tan oportuna como siempre”, me dije al ver que era Agustina. Sin embargo, la mujerona no venía precisamente de visita.
    
     -Últimamente oigo muchos ruidos -dijo desde la puerta mientras acariciaba a Julio César que asomaba por el bolsillo de la bata- .Muebles que se corren, gritos, carreras... Usted verá pero ya sabe que aquí somos gente decente... He pensado incluso, -titubeó- que ya que es como de la familia, podría instalarme en el cuarto del fondo... -tanteó mientras me guiñaba un ojo- Así compartiríamos los gastos y ahorraríamos los dos... Hasta le reduciría el alquiler en seis o siete euros.
    
     Y embistió contra la puerta, iniciando una auténtica marcha de pompa y circunstancia rumbo al salón.
    
     Aquello iba de mal en peor y ya me veía emigrando a otro piso que acabaría por estrangularme la bolsa o incluso la vida más que la serpiente, o soportando a aquella chismosa el resto de mis días y, lo que es peor, noches.
    
     Fue cuando llegó al salón.
    
     Agustina se llevó las manos a la permanente.
    
     -¡Jesús, María y José! -exclamó- ¡Cómo está todo! ¡Ya se ve que falta una mano femenina!
    
     Y se arremangó dispuesta a hacerme una demostración y descubriendo sus brazos de mondonguera, mientras Julio César se descolgaba de su bolsillo a las pantorras y de las pantorras al suelo, para sentarse en el catre del sofá-cama y dejar un Rubicón. Luego, la rotunda se sentó a su lado, dio una palmada en el sofá para que yo hiciera lo mismo y avisó que iba a adecentar aquella, dijo como en una premonición, madriguera.
    
     Fue cuando asomó la serpiente.
    
    4
    
     La aprendiz de pitonisa comenzó a gritar y patalear histérica y salió escopeteada y sin acordarse del chihuahua ni, menos mal, el objeto de sus requiebros. Al día siguiente llamó pidiendo explicaciones mientras exigía que en adelante fuera yo quien se pasase a pagar, y por mi parte le aseguré que sólo había sido un espejismo y que la serpiente no era sino una visión, un soponcio, apunté conociendo el percal, fruto de una bajada de azúcar por el rigor de la dieta.
    
    Después, me fui a la tienda de mascotas para pedir que volvieran a buscarla pero, cuando llegué, me puse a cavilar en lo que había pasado y en lugar de ello, algo me animó a comprar un ratón. Desde entonces cada mes compro uno que dejo en el sofá, y hasta me he animado a ponerle nombre a mi compañera.
    
    Por otra parte, aunque sigo temiendo lo imprevisible, se lo he perdido a la comida, los ascensores y las chavalas, y hasta me atrevo a ligar. Aunque ya no me mire con buenos ojos la casera y me haya puesto esta denuncia porque no encuentra al chihuahua.
    
    Ya ve qué cosas. Ni que se lo hubiera robado. Como si me gustaran los perros con lo bien que estoy con Cleopatra. En cuanto al psiquiatra, he hablado con una conocida de Hacienda para que le haga comprender lo que es un tratamiento de choque.
    
    Se llama Eva, pero en el banco le llamamos Iva por su especialidad. Algo me dice que le va a gustar tanto como a una cobra el encantador.
    
    ADÁN PREFIERE A LA SERPIENTE
    del libro El Pintor De Fantasmas
    
    El autor:
    
    JOSÉ LUIS GRACIA MOSTEO. Calatorao (Zaragoza), 1957. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Durante los 80, es uno de los responsables de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid.
    
    A principio de los 90, comienza a escribir su Trilogía Pirenaica donde novela el esplendor, decadencia y ruina de un mayorazgo a lo largo del XIX, XX y XXI, publicando en 1999 La Saga de los Pirineos (Editorial Zócalo); en el 2000, La Dama Cautiva de Jaca (Editorial Zócalo); y quedando El Barón de Oliván en escritura. En el 2001, publica El Asesino de Zaragoza (Editorial Zócalo), primera de una serie de novelas negras y de humor en donde presenta al inspector Barraqueta.
    
    En el 2003, gana el Premio de Poesía “Elvira Castañón” de Asturias con La Balada del Valle Verde (Editorial Huerga y Fierro, 2004), que es finalista del Premio Nacional de la Crítica 2005.
    
    En el 2004 también, publica El Pintor de Fantasmas (Editorial Certeza), un conjunto de relatos con El Greco, Rimbaud, Coleridge o Gracián de protagonistas. En el 2005, gana el Premio VdP de Novela con El rock de la dulce Jane (Editorial Verbum), segunda entrega de los casos de Barraqueta; además del Premio Federico García Lorca de Relato.
    
    En el 2006, publica el libro de ensayos El monstruo del espejo (Editorial Certeza); y en el 2007, la novela El infierno (Editorial Huerga y Fierro), con la cual gana el Premio de Novela Fundación Dosmilnueve. Asimismo, en el 2008 recibe el Premio Búho de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro por la calidad de su obra y obtiene el Premio Internacional de Poesía Verón Gormaz por Blues de los Bajos Fondos (Institución Fernando el Católico, 2009).
    
    Finalmente en el 2009 gana el premio Laguna de Gallocanta de relato. Ha sido finalista del Premio de Relato Juan Martín Sauras 2004, del Premio Internacional de Poesía Vicente Presa 2005, del Premio Benito Pérez Galdós de Crítica Literaria 2007 y del Premio de Poesía Provincia de Guadalajara 2007, además de Diploma Max Aub de Relato 2008. Incluido en las antologías El Quijote en el Café Gijón (Ediciones del Café Gijón, 2005), Crímenes Contados (Editorial Menoscuarto, 2006), Historias para catar (Editorial Tropo, 2006), Vidas de perros (Editorial 4deagosto, 2007) y Ducha Escocesa (Editorial Certeza, 2008), es asimismo crítico literario de Heraldo de Aragón, Turia, El Librepensador y República de las Letras entre otros medios.
    
    http://www. jlgraciamosteo.tk
    
    Sección coordinada por Carolina Molina
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    
    

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