Entrevista y fotografía de Roberto Mangas Decir Medardo Fraile (Madrid, 13 de marzo de 1925) es decir “cuento”. Cuento en toda la literalidad de la palabra. Cuento como narración; cuento como arte de contar; cuento como transmisión oral; cuento como sublimación en unos folios de la mejor literatura. Medardo Fraile pertenece a la llamada Generación del Medio Siglo (XX), en la que estaría acompañado de Aldecoa, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o Fernández Santos, entre otros. Fraile fue cofundador de “Arte nuevo”, primer grupo de teatro de ensayo de España tras la guerra civil, junto con Alfonso Sastre (antes de que este autor lo traicionara e hiciera de su carrera literaria una cuestión ideológica), y Alfonso Paso. Pero también cultivó la novela, con su obra “Autobiografía”. Premio Nacional de la Crítica por un libro de cuentos, Fraile atesora una de las mejores colecciones de narraciones breves en lengua castellana, aún no superada: “Cuentos de verdad”, “Cuentos con algún amor” o “A la luz cambian las cosas”, “Descubridor de nada y otros cuentos” o “El cuento de siempre acabar”, última obra de tono autobiográfico en la que describe uno a uno a todos los personajes del mundo de la cultura de posguerra que él conoció y con los que trató. Premiado además con el Sésamo, el Estafeta Literaria, La Hucha de Oro o el Ibáñez Fantoni, desde hace cuatro décadas vive en Escocia, en donde fue catedrático de español en la Universidad de Strallhclyde. Aprovechando uno de sus numerosos viajes a España, lo entrevistamos en su apartamento de Madrid, un refugio de paz en el que la compañía de los libros invita a hablar de literatura. EL HERALDO DEL HENARES: Aún hay quien piensa que el cuento es un género menor y lo trata como tal. ¿Qué opinión le merece esa calificación? MEDARDO FRAILE: Eso es una cosa descabezada, decir que el cuento es un género menor. Lo dicen porque el cuento tiene dos, tres, cinco folios… y eso es lo que les asombra para llamarle menor. Entonces, una novela, aunque sea medio mala o regular o buena, eso es un género mayor porque tiene más páginas. Eso me parece completamente acéfalo, estúpido y además es mentira. Y es que el cuento exige muchísimo más que la novela. Naturalmente, no vas a estar sentado un año haciendo un cuento como la novela, pero haces un cuento y trabajas como un negro, literalmente, para que las palabras sean justas, para decir lo que quieres decir, para que el lector, además, no se quede sin ningún dato que puedas darle sin romper el misterio... P: ¿Cómo calificaría, entonces, el cuento? MEDARDO FRAILE: El cuento es un género francamente difícil, muy difícil. Lo que pasa hoy día es que de pronto hay montones de cuentos. Hay gente que hace cuentos en todas partes y en todas las provincias españolas. Y como resultado me parece que ya no saben lo que es un cuento, porque todo el mundo dice “voy a empezar haciendo un cuento…”. ¡Pero si no se trata de empezar, se trata de acabar haciendo un buen cuento! No se trata de empezar a hacer cuentos para luego hacer novela… P: Ya, pero aún hoy se escucha a muchos autores que dicen que empezaron con el cuento para terminar con la novela… MEDARDO FRAILE: Eso era una idea que tenía Aldecoa, que hizo muchos y buenos cuentos antes de hacer dos o tres novelas, que, en realidad, menos una de ellas, pasaron sin pena ni gloria. Los cuentos suyos es lo que ha quedado hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto, porque con el tiempo se va olvidando todo. P: En resumen: el cuento no es un género menor, ¿no? MEDARDO FRAILE: Yo no creo en modo alguno que el cuento sea un género menor. Es un género muy difícil y es un género en el que puedes mostrar montones de cosas de todo tipo, no solo el cuento social, cuento político o el que te dé la gana hacer. P: ¿Qué diferencias encuentra entre los narradores de cuentos de posguerra, entre los que se encuentra usted, y la actualidad narrativa? MEDARDO FRAILE: Lo que creo es que ahora hay más cuentos. Para empezar, ahora hay talleres, cosa que no había en aquella época. Nosotros éramos escritores porque éramos escritores, porque nos habíamos metido en casa a tachar, a poner una palabra encima de otra… A hacer una cosa bien hecha, una cuartilla bien hecha. Pero nosotros sólo teníamos las lecturas de los escritores. Leíamos a los escritores, pero no había talleres como ahora. Nosotros sabíamos que entonces, en las universidades americanas, ya había talleres de narradores y también en alguna inglesa. Pero a nosotros nos parecía una cosa innecesaria, una cosa un poco divertida que hubiese un sitio donde se pudiera aprender a escribir. P: ¿Qué narradores recuerda de aquella época? MEDARDO FRAILE: En esa época, algo anterior a nosotros, había buenos narradores. Estaba Sánchez Silva, olvidado completamente hoy; estaba Samuel Roig, no tan olvidado hoy gracias a mi tesis doctoral sobre él; estaba también Tomás Borrás; los hermanos Villalonga… Había una serie de escritores de cuentos interesante. Luego, con nosotros, estaba Aldecoa, Francisco García Pavón, Julián Ayesta, que tiene un libro de cuentos que se llama “Helena y el mar del verano”, que es una maravilla; Carlos Clarimon, que tiene un libro de cuentos extraordinario que se llama “Hombre a solas”; estaba, por supuesto, Aldecoa; estaba Fernández Santos o incluso José María de Qinto, que hizo dos libros de cuentos sociales. Luego, con el tiempo, Alfonso Sastre ha hecho cuentos también, medios políticos, medio raros, pero cuentos interesantes, sin duda. P: Y de los actuales, que los hay muy buenos también, ¿con quién se queda? ¿Por ejemplo, Merino…? MEDARDO FRAILE: Merino es uno de los que mejores cuentos hace en la actualidad. Además, hace este tipo de cuento que ha salido ahora, el microrrelato, que lo hace muy bien. Es uno de los mejores de ahora. También está este amigo suyo, Luis Mateo Díez, o Manuel Moyano, o Ángel Zapata, que hace muy buenos cuentos. O este chico joven que se llama Víctor García Antón, que lleva ya dos libros de cuentos. Ahora hay muchísimos autores muy buenos de cuentos. P: Y entre pasados y actuales, qué autores españoles y extranjeros tendrían que conocer los lectores de hoy día para saborear narración breve. MEDARDO FRAILE: -Españoles hay muchos, los que te he dicho antes. A mí me encantó Hernández Catá, que es un cuentista completamente olvidado y que tiene un enorme interés, por ejemplo su libro “Frutos ácidos”. O también Azorín, que hacía un cuento muy peculiar, muy suyo; o Gómez de la Serna. P: ¿Y extranjeros? MEDARDO FRAILE: Del extranjero destacaría a Katherine Mansfield, que era una australiana que cuando llegó a Inglaterra la gente se quedó con la boca abierta de cómo escribía aquella mujer. Virginia Wolf le tenía una envidia feroz… Luego me enteré que Mansfield partía de Chejov. P: En algún lugar he leído que usted tiene una curiosa anécdota con algún equívoco respecto a Chejov. MEDARDO FRAILE: Cierto. Yo fui uno de los fundadores de Arte Nuevo, con Alfonso Sastre, Alfonso Paso, con Carlos José Costas, con José Gordón, Enrique Cerro… Fue el primer teatro de ensayo que hubo después de la guerra y aquello fue una batalla campal. Pero en dos años tuvimos un éxito enorme y estrenamos algo así como veintitantas obras breves en teatros de Madrid. Entonces, hicimos una obra de teatro que tuvo mucho éxito que se llamaba “El hermano”. Cuando se estrenó, se acercó a mí José García Nieto, el poeta y académico que luego dirigió la revista Garcilaso de la Juventud Creadora, que iba en compañía de Charles David Ley, que era un poeta inglés del British Council y sabía un montón de teatro. Después de felicitarme, me dijeron “pero claro, tiene usted influencia de Chejov”. Yo ni sabía quién era y ni lo había leído. Luego, David Lee escribió una crónica para su periódico y reflejó eso, que tenía la obra influencia de Chejov. Luego me enteré que Katherine Mansfield tenía influencia también de Chejov. Chejov es un autor fundamental de cuentos, hay que conocerlo. P: ¿Y a Mansfield? MEDARDO FRAILE: Mansfield también es una maravilla, es más elaborada que Chejov. Tiene cuentos maravillosos como “En la bahía”, “Las hijas del difunto coronel”, “Fiesta en el jardín”… Y yo pensé que por qué no se podían hacer este tipo de cuentos en España. Y empecé de una manera autobiográfica a contar la historia de un estudiante malo, que era yo, que se llamaba “No sé lo que tú piensas” (que es lo que le dicen las familias a los malos estudiantes: hijo, no sé qué es lo que tú piensas, no estudias…). Es un cuento que fue el primero que hice de ese tipo, que entusiasmó a Ferlosio, a Alfonso Paso... hasta el punto que Paso metió un fragmento en una obra suya, en “Los pobrecitos”. Me pidieron que les leyera más cuentos y como no tenía más, escribí otro, que se llamaba “Las profesiones”… Y así seguí haciendo cuentos hasta ahora, que llevo, no muchos, unos ciento setenta y cinco. P: ¿Ha cambiado mucho el contenido del cuento? MEDARDO FRAILE: Yo creo que lo más notable de estos cambios es lo que te comentaba antes del microrrelato o minicuento, que se ha puesto de moda y que de pronto puede resultar una maravilla o puede resultar cualquier cosa. Yo creo que esta moda parte de Monterroso, con el famoso cuento del dinosaurio que dice que de repente despertó y allí seguía… P: ¿Usted nunca ha escrito un microrrelato, o, como usted les llama, minicuento? MEDARDO FRAILE: Para un libro que voy a publicar ahora he hecho una especie de lema, que yo creo que es un minicuento, que dice “vivió tantos años en aquel país que se echaba de menos a sí mismo”. Eso puede ser perfectamente un cuento hoy. Yo no sé si eso es o no un cuento, pero es una cosa que al menos tiene cierta gracia y cierto interés. P: ¿Qué extensión tienen sus cuentos, entonces? MEDARDO FRAILE: Mis cuentos son generalmente de un folio, dos, tres, cuatro… No suelen pasar de seis o siete folios. Con los cuentos me ha ido muy bien, porque parece que a la gente le gustan, que la gente encuentra que es algo distinto a lo que se hacía incluso en mi tiempo. P: ¿Cómo calificaría sus cuentos, sobrios, realistas…? MEDARDO FRAILE: Son de siempre y siempre realistas, porque siempre me gusta meter un elemento de misterio, inexplicable, y eso favorece que los cuentos sean de final abierto. El cuento no pega un hachazo al lector y le dice se acabó el cuento y se acabó usted, es decir, usted no sigue pensando en este cuento. Los finales abiertos facilitan la imaginación del lector después de acabar el cuento. De alguna manera, le hacen pensar qué ha pasado aquí, dónde va a parar esto y tiene quizá un poso mayor en el lector. P: El cuento ha de ser un vehículo para la cultura, para la política… ¿Se puede politizar? MEDARDO FRAILE: Eso lo han hecho muchos. A mí no me interesan ese tipo de cuentos, a mí me interesa, fundamentalmente, lo que es humano. Cortázar decía que los que quieren hacer la revolución con la literatura, no hacen la revolución y a menudo no hacen buena literatura. Y eso ha pasado muchas veces. Se engancha en una corriente pasajera y la gente no entiende por qué y por qué no. Perdura lo que siempre está ahí, lo humano. Yo estoy seguro que un hombre del S. XVI a lo mejor no sentía o soñaba mucho ni más ni menos que hoy. Hay variantes, porque depende del ambiente donde vives y de la historia que te rodea. Pero el hombre no es tan sumamente complejo, hay cosas que ocurren dentro de la Humanidad, siempre. P: Entre los grandes galardones que le han sido concedidos, está el Premio Nacional de la Crítica. Siempre es más duro ganarse a los críticos, ¿no? MEDARDO FRAILE: Sí, fue mi tercer libro, que se llamaba “Cuentos de verdad”. Los dos libros anteriores ya tenían prestigio y con una buena crítica de aquella época. El primer libro se llamaba “Cuentos con algún amor”. Luego publiqué “A la luz cambian las cosas”, con la editorial Cantalapiedra, que era donde publicaban los mejores poetas de aquella época. Finalmente, llegó el premiado “Cuentos de Verdad”. P: ¿Por qué, si tenía tanto éxito, se fue de España? MEDARDO FRAILE: En aquella época yo daba clases de Profesor No Numerario, Penene que les llamaban, en el Ramiro de Maeztu, de Madrid. Me harté, llevaba ocho años y estaba neurasténico, por lo que me fui al ministerio de Asuntos Exteriores y les dije que me dieran un lectorado en el extranjero, que no fuera a América ni a África. Me dieron Southampton, en Inglaterra. Me fui, estuve tres años, vi que la vida era muy distinta allí, que la vida era más fácil allí. Por ejemplo, con el primer sueldo que tuve allí, que eran 60 libras, y contando que tenía la comida y la habitación pagada, podía comprarme un coche de segunda mano. Esto era impensable en España. La vida era fantástica y se vivía muy bien. Por ejemplo, en las bibliotecas había medios para leer todo lo que quisieras. Había todo un mundo abierto, muy distinto al de España, que era muy limitado. Yo no pensaba quedarme jamás. Pero a los tres años me ofrecieron un puesto muy ventajoso en Glasgow (Escocia) y dije, qué hago yo ahora en España otra vez, me vuelvo a ser Penene, me vuelvo a unas oposiciones… Así que me fui a Glasgow y me quedé allí. Luego me casé, tuve una hija, tengo una casa muy agradable, con cosas muy españolas y un buen jardín que me divierte. P: No me quiero despedir sin preguntarle si fue fácil adaptarse, porque dicen que los españoles llevan muy mal lo del clima por los países nórdicos… MEDARDO FRAILE: El clima es otra cosa, aunque no me afecta tanto como la luz. Porque ahora en invierno, a las tres de la tarde ya es de noche, y eso para un meridional, estar allí en tu cuarto trabajando y ver que a las tres de la tarde es de noche, es que no te lo crees, te pesa como una losa. Eso es lo peor para mí. Me dan ganas de escaparme a Málaga, a algún sitio del Sur.
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