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por Diversos autores - 08-02-10 22:57 - 3 comentarios

Ángel Olgoso

Iris

     Veinticuatro horas antes era una desconocida junto a las bardas de un sombrío sendero en el jardín-zoológico y ahora está debajo de mí, desnuda, el cabello como desprendidos ramos de dátiles, las nalgas achatadas contra el monograma de las sábanas y su pubis de hebras de tabaco negro frotando vigorosamente mi verga y crepitando.
    
    Durante largos minutos, trabados los cuerpos, eché las redes del deseo, del descubrimiento, valiéndome de las yemas ciegas de los dedos y de lengüetazos fugaces, perezosos, como un pez que desovara en una madriguera pulposa y satinada.
    
    Durante largos minutos nos besamos, los dientes repicaban unos contra otros mientras intentaba adivinar de donde provenía el natural entusiasmo de ella, su inaprensible mixtura secreta de ternura y desafío.
    
    En estos momentos, tras flexionar la mitad inferior de mi cuerpo hasta amoldar la cabeza entre sus muslos, le levanto un poco con las manos los blandos pomelos gemelos de su culo que, al contraerse, parece guiñarme.
    
    Huele allí a nido de pájaro marino, a morillas recién aplastadas, a escabeche ligero.
    
    Ramoneo, sorbo, abrevo, denteo con tímida glotonería. Ella tensa aun más la cálida cizalla de sus piernas en torno a mi cuello.
    
    Con la aplicación de una gallina picoteando el grano, mi lengua bulle frenética en su hendido vellocino, en su breva irrigada, untada, rezumante de jugo y rebaba.
    
    El chapoteo y los continuos espasmos acrecientan los tonos rosas, casi violetas, de los labios superpuestos hacia una pigmentación aciruelada.
    
    Gemidos como el zureo de las palomas. Desdobla ella las corvas, se arquea. Lengua -libélula. Hierve el surco entreabierto. Madura el misterio. Trufas. Salmuera.
    
    Antes de que podamos recobrar la respiración ella se remueve sobre sí misma y, sin contemplaciones, me somete a voraces juegos malabares. Estoy en sus manos. Es una situación nueva para mí.
    
    A partir de ese instante, sin una palabra, marcando la cadencia con insolente y dócil desenvoltura, lanza los brazos, besa, ondula elástica de arriba a abajo, cosquillea, pies contra cabeza lame las gotas de esmegma de mi sexo envarado, retrae el abdomen, mordisquea, sopesa ambidextra, cocea, hace barrenar sus hinchados y suavísimos pitones sobre mi espalda, afloja la presa, la aprieta, me aparta, se encabrita, crece, flagela, se estremece, me ensaliva.
    
    Vivir no es únicamente existir y ella conoce los resortes. La habitación se ha desmoronado. Solos los dos en el mundo, como boyas mecidas en un mar de soledad y olvido, nutriéndonos y adorándonos.
    
    Una vez apaciguada la danzarina real, la luchadora mítica, emergiendo apenas del delirio, me sitúo detrás de ella al asalto, controlando la situación, estrechándola desesperadamente como al escurridizo delfín que te traslada lejos del naufragio.
    
    Mientras, apoyada sobre sus rodillas, ella avanza las nalgas color paja sobrecoronadas con destellos de luz y dirige la mano derecha, por entre el parral de sus muslos, hacia mis testículos, rozándolos delicadamente mediante vibrátiles círculos.
    
    En esto, agradecido, siento como prolonga el contacto en mi miembro, como palpa con determinación el incandescente apéndice, sus latidos, su glande de enloquecido color turquesa.
    
    Paquidermo de cinco patas. Dulce alfanje. Altivo cetro de un breve reinado. De pronto, con un hábil gesto de diez mil años de antigüedad, conduce mi falo hasta la uva reventada de su vulva.
    
    Al entrar en ella tras un carnoso chasquido, acusa el golpe, ronronea. Empellón a empellón voy ganando profundidad. Resquemor en la broca perforadora suavizado por chorritos de confitura gris perla.
    
    Al mismo tiempo que se suceden las embestidas, toda la piel de su cuerpo habla topográficamente a mis manos de armoniosas lomas, ribazos, riachuelos y setos bajo un mediodía perpetuo y tibio.
    
    Continúa la inmersión, aumenta poco a poco la fuerza de las sacudidas de los riñones. Como si llegara el fin del mundo. Aeronaves repostando en pleno vuelo. Entretanto observo fascinado el flujo y reflujo de las pequeñas olas de carne que, a causa del rítmico golpeteo, se forman en su culo.
    
    Tentado, deslizo el dedo corazón entre las dos semiesferas, busco en el canal el reborde del ano, se resiste deliciosamente, me debato, cruzo el umbral de su fruncida grutita, tórridamente engullido.
    
    Me va invadiendo un placer extremo. Ella echa la cabeza hacia atrás, moribunda y engendrada a la vez. Ariadna bajo el Minotauro. Sus pezones de blonda y anís apuntan oscilantes hacia un horizonte de sábanas.
    
    A medida que se aceleran los movimientos, una absorbedora sensación de embriagamiento, de cercanía inminente de cascada, de deriva eterna e íntima, casi me hace perder el conocimiento.
    
    La velocidad y la quietud total se funden en una noche cegadora. Me voy a pique. La cánula de madera prende el pedernal. Un albaricoque maduro se estrella contra el caparazón de un armadillo. Los diques se resquebrajan por doquier. Inundación. Polinización absoluta. Catapultados desde una palmera frizzata combada. Contracciones. Inyecciones antirrábicas.
    
    Con un salvaje bramido silencioso disparo al fin la salva mortal, líquida, nacarada, que se pierde sin eco en el untuoso precipicio de ella, en su constelado abismo marsupial. Lentamente vuelve la consciencia. Lentamente resbalan los regueros de sidra del sudor. Los dos cuerpos, crispados uno sobre otro, escapan aún a la gravedad. Ella tiene la mirada calma, pero intensa. Las sombras se arrastran por la habitación.
    
     Flota un aroma discretamente viciado. Resulta difícil recordar ahora como eran las cosas antes de conocerla. Hoy, por primera vez, me siento albergado, poseído por una extraordinaria confianza en mí mismo.
    
    Ella parece feliz. Aunque nunca lo sabré con certeza. Si tuviera delante el rostro de una mujer me atrevería a afirmarlo, porque ojalá ella fuera una mujer o, al menos, algo humano.
    
    Ángel Olgoso
    
    
    El autor:
    
    Ángel Olgoso (Granada, 1961) es uno de los autores de referencia del relato breve y fantástico en español. Ha publicado los libros de relatos Los días subterráneos, La hélice entre los sargazos, Nubes de piedra, Granada, año 2039 y otros relatos, Cuentos de otro mundo, Los demonios del lugar (Libro del Año 2007 según La Clave y Literaturas.com y finalista del XIV Premio Andalucía de la Crítica), Astrolabio y La máquina de languidecer.
    
    Ha obtenido numerosos premios, entre los que destaca el Caja España de Libros de Cuentos y el Clarín de relatos convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.
    
    Relatos suyos se han incluido en cerca de una veintena de antologías del género, como “Pequeñas resistencias” (Páginas de Espuma), “Grandes minicuentos fantásticos” (Alfaguara), “Ciempiés” (Montesinos), “Mil y un cuentos de una línea (Thule), “Cuento vivo de Andalucía” (Univ. de Guadalajara, México), “Ficción Sur” (Traspiés) o “Perturbaciones” (Salto de Página).
    
    Es, además, fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. Ha sido traducido al inglés y al alemán.
    
    Sección coordinada por Carolina Molina.

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Comentario

Comentarios de los Lectores

[09-02-10 19:19] - Nombre: norberto - Valoracion:10
Bravo, maestro. Esto es el arte de hacer microcuentos. Ojalá tengamos mucho Olgoso por este mundo. Mi cariño y enhorabuena.
[10-02-10 15:51] - Nombre: Angeles Prieto - Valoracion:10
Espectacular. Con el sexo y el humor (frase final), sólo los grandes se atreven y vencen.
[14-02-10 16:58] - Nombre: Carmela Greciet - Valoracion:10
"Ella parece feliz" porque ha conseguido lo que tanto ansiaba: ser la protagonista de un relato escrito con la maestría de "Iris". No otra cosa buscaba,aunque él haya querido hacer otras sensuales interpretaciones...